Del otro lado del espejo

El cabello tiene su propio lenguaje y carácter. Para algunas culturas indígenas ha significado una manifestación física de los pensamientos; peinarlo a diario permitía dar fluidez a las emociones.

Hombres y mujeres han llevado el cabello largo como signo de sabiduría y en estados de tiranía, tenerlo corto ha sido obligatorio. En el Judaísmo bíblico la verdadera belleza, la belleza interna, necesita de la modestia para protegerse y poder crecer. La mujer casada debe cubrir su pelo como signo de modestia. Al usar una peluca puede sentirse orgullosa de la manera en que se ve sin comprometer su espacio privado y sólo ella decide a quién permitir ingresar en él.

El uso de pelucas en los hombres comenzó a ser muy popular a fines del siglo XVII, durante el reinado en Francia de Luis XIV, el Rey Sol. Toda su corte comenzó a usar pelucas, y como Francia dictaba la moda de Europa en esa época, su uso se extendió al resto de las cortes del continente. En 1680 Luis XIV tenía 40 peluqueros que diseñaban sus pelucas en la corte de Versailles.

Desde 1770, el uso de pelucas se extendió también a las mujeres y se fueron haciendo más altas y más elaboradas, especialmente en Francia. Las pelucas masculinas eran generalmente blancas y las femeninas eran de colores pastel, rosa, violeta o azul. Las pelucas indicaban, por su ornamentación, la mayor o menor posición social de quien las usaba. Se hacían por lo general con pelo humano o con pelo de caballo o de cabra. La condesa de Matignon, en Francia, le pagaba a su peluquero Baulard para que le hiciera un nuevo diseño de peluca todos los días.

Actualmente, para una mujer el cabello es sinónimo de femineidad y tenerlo en abundancia es un parámetro de belleza establecido culturalmente. Su caída súbita genera desesperación. La pérdida total de pelo en el cuerpo es una variante extrema de la enfermedad inmunitaria conocida como «alopecia areata», que puede manifestarse a cualquier edad y por diversos factores.

«La alopecia impacta fuertemente en la calidad de vida de los pacientes», afirma el doctor Pascal Joly, presidente de la Sociedad Francesa de Dermatología. «Los tratamientos para las alopecias severas son limitados y las mujeres suelen terminar recurriendo al uso de pelucas cuando han perdido todo su cabello. La ausencia de cejas y pestañas agrava aún más la situación al producir una transformación estética muy significativa», completa.

Una mujer calva se ve forzada a usar una prótesis capilar para no incomodar a los demás y por tratarse de una problemática tabú en una sociedad que no está preparada para ver gente diferente. Una mujer calva tiene muchas dificultades para poder encontrar trabajo ya que, muchas veces, por ignorancia, se piensa que lo que ella sufre es consecuencia de otra enfermedad aún más grave.

«La calvicie está socialmente aceptada en hombres», manifiesta por su parte el doctor Philippe Assouly del Hospital Saint-Louis (Centro Sabouraud) en París. «De cada dos hombres, uno es calvo. Pero, para las mujeres, tener su cabeza desnuda es algo difícil de aceptar».

ENFERMEDAD EN FOCO

Ambos especialistas apoyan la iniciativa de la directora francesa Eve-Chems de Brouwer que ha comenzado a filmar «Sous l»écorce» (Bajo la corteza). Inspirándose en su experiencia personal, ella intenta con este cortometraje hacer visibles las dificultades diarias a las que se enfrenta una joven de 20 años con alopecia que se siente atrapada en un cuerpo que ya no reconoce.

Patricia Nivelet, fundadora de «Acepta tu peluca» también dice sí a este proyecto. Portadora de una peluca desde hace casi 30 años a causa de una alopecia total sabe muy bien de qué se trata el tema y de lo poco que sobre él se habla.

La caída repentina y violenta de cabello genera episodios de estrés y ansiedad por ser una enfermedad impredecible: uno no sabe si recuperará lo perdido o si lo habrá perdido para siempre. El paciente sufre el impacto diario al mirarse en el espejo y suele realizar consultas a numerosos médicos.

La doctora Liliana Fernández, médica psiquiatra, explica que la alopecia enfrenta a la mujer con la probabilidad de lo imposible, de «lo no controlable del cuerpo, que se presenta de manera abrupta y negativa, sin causa conocida». Agrega además que, al comienzo del evento, se tiende a un repliegue de las relaciones interpersonales y, en la mayoría de los casos, surge «una sensación de desconcierto similar a la pérdida de un miembro, algo así como una amputación sorpresiva».

Tratar una alopecia puede significar una cura de humildad para muchos especialistas. Frente a un mismo caso, distintos especialistas sugerirán diferentes tratamientos. Su evolución es impredecible y nadie puede asegurar que el pelo volverá a crecer o que, concluido el tratamiento, no caiga nuevamente. El paciente se hará miles de preguntas acerca de lo sucedido y mientras espera que el pelo crezca deberá lidiar con la mirada de los otros y dar explicaciones sobre los motivos de su nuevo aspecto.

«Las miradas interrogan y alimentan los fantasmas singulares de cada persona, el temor a la compasión o al rechazo», explica Fernández, ex jefa de la sección de

Psiconeuroinmunodermatología del Hospital de Clínicas José de San Martín. «Los otros, los profesionales inclusive, muchas veces no suelen contribuir al alivio del estigma sino todo lo contrario», admite.

Como toda enfermedad de evolución y pronóstico incierto plantea un desafío para quién la padece y para quien la trata. Fernández sostiene que «es una de esas situaciones en la que es necesario hacer un trabajo para aceptar que no sabemos lo que sucederá».

Aristóteles advirtió que el ser humano es un «todo indisoluble» y que no es posible tratar las dolencias del cuerpo sin tener en cuenta el alma. De ahí la importancia de que los profesionales de la salud tengan una mirada integral del paciente, pues esta enfermedad no se limita a la piel de la misma manera que el ser mujer no depende de tener o no cabello.

Tiffany Del Mastro

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